Sobre mí
Mi inquietud creativa se ha visto influenciada por muchas experiencias y momentos. Recuerdo especialmente las largas vacaciones en la playa y las conversaciones con mi madre mientras revelaba, imágenes en el cuarto oscuro. Soy de una generación muy libre, nos íbamos a Londres de au pair y allí flipábamos con las galerías de arte, los punks, la moda y la música. Sin duda de esa espontaneidad me viene la idea de la improvisación como una herramienta valiosa en el proceso creativo, pero también en la importancia del trabajo y la dedicación para dar forma y estructura a las ideas…
Comencé en la escuela de Deba, una escuela de arte y oficios. El camino hacia el taller de cerámica fue más una aventura que una casualidad. No recuerdo un momento específico en el que decidí embarcarme en ese viaje, además madrugando con lo poco que me gusta, pero sí recuerdo la emoción y la curiosidad que sentí al adentrarme en el mundo de la cerámica. Las personas que conocí en el taller, fueron una fuente de inspiración y aprendizaje.
He bebido de una amplia variedad de fuentes, desde las técnicas tradicionales de grabado y serigrafía hasta la experimentación en la fotografía y la pintura. El salto a la cerámica ha abierto una ventana completamente nueva de posibilidades creativas, permitiéndome explorar la relación entre forma, textura y espacio. Aunque tengo poca visión espacial, cuando hay materia de por medio, materiales tangibles y tridimensionales, disfruto mucho con la interacción de la materia; del tacto.
La mejor droga para crear es la pasión y la creatividad que todos llevamos dentro y además es gratis. La arcilla es agradecida, suave, con su tacto y su aroma a tierra húmeda, es adictiva, sobre todo en su capacidad para conectarnos con nuestro lado más primitivo, más animal, más infantil. Es una adicción pero saludable. Te engancha fijo.